ECM: “Salvado por la luz”- Dannion Brinkley [Extracto]

Prefacio

El 17 de septiembre de 1975 el autor estaba hablando por teléfono durante una tormenta; la línea telefónica fue alcanzada por un rayo y despidió miles de voltios de electricidad en su cabeza y su cuerpo, además de arrojarlo por los aires. Brinkley sufrió un paro cardíaco y murió. Cuando revivió en el depósito de cadáveres, veintiocho minutos más tarde, supo que había vivido una historia extraordinaria.

Cuando dictaminaron su muerte, ya viajaba a través de un túnel oscuro, hacia un ser espiritual que lo condujo a una ciudad acristalada bañada en luz y tranquilidad, donde trece instructores angelicales le hablaron.

Durante su larga y dolorosa convalecencia, no sólo volvió a visitar en sueños a sus consejeros espirituales, sino que descubrió que había desarrollado la capacidad de  leer la mente. Catorce años después vivió otro trance semejante, pero ni la profesión médica ni las instituciones religiosas creyeron su historia, por lo que resolvió relacionarse con otras personas que habían vivido experiencias similares, por intermedio del doctor Raymond Moody, reconocido investigador y autor sobre estos temas, quien quedó atónito por la complejidad y el detallismo de su relato. Desde entonces dedica su vida a trabajar con enfermos y ancianos, y a difundir alrededor del mundo las revelaciones que recibió.

Dannion Brinkley vive en Carolina del Sur, donde trabaja con ancianos y colabora con el doctor Raymond Moody en su centro de investigaciones.

Este libro está dedicado a los médicos, enfermeras y voluntarios que realizan el valioso trabajo hospitalario.

También a mi familia, los Brinkley, y especialmente al doctor Raymond Moody.

LA PRIMERA VEZ QUE MORÍ

-Tengo que cortar, Tommy. Mi madre siempre me decía que no usara el  teléfono durante las tormentas eléctricas.

Y eso fue todo. El próximo ruido que percibí fue como si un tren de carga me entrara por el oído a la velocidad de la luz. Unas descargas eléctricas me recorrieron el cuerpo.(…) Luego pasé a otro mundo.

De un dolor inmenso pasé a encontrarme envuelto en paz y tranquilidad. Era una sensación que yo desconocía y que no he experimentado desde entonces, como bañarse en una calma gloriosa. El lugar al que fui era una atmósfera de azul intenso y gris, en el que pude descansar por un momento y preguntarme qué era lo que me había golpeado con tanta fuerza.

“Debo de estar muerto”, pensé; no sentía nada, pues no estaba en mi cuerpo. Era un espectador de mis últimos instantes en la tierra; observaba mi propia muerte con tanta indiferencia como si estuviera ante dos actores que la representaran por televisión. Sentí pena por Sandy, pues percibía su miedo y su dolor, pero la persona tendida en la cama no me interesaba. Recuerdo un pensamiento demostrativo de lo lejos que estaba del dolor, Mientras contemplaba al hombre de la cama, recuerdo  haber pensado: “Me creía más apuesto.”

La resucitación cardiorrespiratoria debe de haber surtido efecto, pues de pronto me encontré nuevamente en mi cuerpo. Empecé a gemir, pero sólo porque estaba demasiado débil para aullar.

En menos de diez minutos apareció Tommy. Al oír la explosión por teléfono supo que había ocurrido algo malo. Como era ex enfermero de la Marina, Sandy dejó que se hiciera cargo. El me envolvió en una manta y le dijo que llamara a la unidad de emergencia médica.

-Haremos lo que se pueda -dijo, apoyándome una mano en el pecho.

Por entonces yo había vuelto a abandonar el cuerpo. Vi que Tommy me sostenía, maldiciendo la lentitud de la ambulancia, que se oía a la distancia. Yo permanecí suspendido sobre los tres (Sandy, Tommy y yo mismo) mientras los técnicos médicos me ponían en la camilla para llevarme a la ambulancia.

Desde donde estaba, suspendido a cuatro o cinco metros por encima de todos, vi la lluvia torrencial que me golpeaba la cara y empapaba las espaldas del equipo llegado en la ambulancia. Sandy lloraba; sentí pena por ella. Tommy hablaba en voz baja con los hombres. Me pusieron en la ambulancia, cerraron las portezuelas y partieron.

Mi perspectiva era la de una cámara de televisión. Sin pasión ni dolor, vi que la persona acostada en la camilla empezaba a retorcerse y a saltar. Sandy se apretó contra el costado de la ambulancia, aterrorizada al ver las convulsiones del hombre a quien amaba. El técnico de emergencias inyectó algo en el cuerpo, esperando obtener algún resultado positivo, pero el hombre de la camilla, después de varias convulsiones penosas, dejó de moverse. El técnico le aplicó un estetoscopio en el pecho y dejó escapar un suspiro.

-Lo perdimos -dijo a Sandy-. Lo perdimos.

La idea me golpeó de pronto: ¡ese hombre de la camilla era yo! Vi que el técnico me cubría la cara con una sábana y se respaldaba hacia atrás. La ambulancia no aminoraba la marcha y el técnico del asiento delantero seguía comunicado por radio con el hospital, tratando de averiguar si había algo que los médicos pudieran  indicarles. Pero el hombre de la camilla estaba obviamente muerto.

“¡Estoy muerto!”, pensé. No estaba en mi cuerpo y, francamente, puedo decir que no deseaba estar allí. Si algo pensaba era, simplemente, que ese cuerpo cubierto por la sábana no tenía nada que ver conmigo.

Sandy sollozaba y me daba palmaditas en la pierna. Tommy se sentía aturdido  y abrumado por lo súbito de ese acontecimiento. El técnico de emergencias médicas se limitaba a mirar el cuerpo con aire de fracasado.

“No te aflijas, amigo”, pensé. “No es culpa tuya.” Miré por delante de la ambulancia, a un sitio por encima de mi cuerpo muerto. Se estaba formando un túnel que se abría como el ojo de un huracán y se acercaba a mí.

“Ese lugar parece interesante”, pensé. Y hacia allá fui.

EL TÚNEL DE LA ETERNIDAD

En realidad, no me moví en absoluto: el túnel vino a mí. Hubo un tañido de campanas en tanto se me acercaba en espiral para rodearme. Pronto no hubo nada que ver: ni Sandy, que lloraba, ni los de la ambulancia tratando de resucitar mi cuerpo muerto, ni el parloteo desesperado por radio en comunicación con el hospital; sólo un túnel que me envolvía por completo y la intensa belleza de siete campanas que tañían en rítmica sucesión. Miré adelante, hacia la oscuridad. Allí había una luz; comencé a avanzar hacia ella tan de prisa como pude.

Me movía sin piernas, a gran velocidad. Allí adelante, la luz se hizo más y más intensa, hasta que se impuso a la oscuridad y me dejó de pie en un paraíso de luz brillante. Nunca había visto una luz tan intensa, pero no hería la vista en absoluto. A diferencia del dolor que uno siente al salir de un cuarto oscuro a la luz del sol, aquella era sedante para los ojos.

Mirando a la derecha, vi aparecer una forma plateada, como una silueta en la niebla. Mientras se aproximaba comencé a sentir una profunda sensación de amor,  que abarcaba todos los significados de esa palabra. Era como estar ante la amante, la madre y el mejor amigo, todo multiplicado mil veces. Cuando el Ser de Luz se me acercó, esos sentimientos de amor se intensificaron hasta darme un placer casi insoportable. Tuve la sensación de tornarme menos denso, como si hubiera perdido diez o quince kilos. La carga del cuerpo había quedado atrás; ahora era un espíritu sin estorbos.

Me miré la mano. Era traslúcida, reverberaba y se movía con fluidez, como el agua del océano. Bajé la vista a mi pecho. El también tenía la transparencia y el flujo de la seda fina en una brisa ligera.

El Ser de Luz se detuvo directamente frente a mí.

Al contemplar su esencia vi prismas de color, como si estuviera compuesto de diamantes diminutos por millares, cada uno de los cuales emitía los colores del arco iris.

Empecé a mirar a mí alrededor. Por debajo de nosotros había otros Seres con un aspecto como el mío. Parecían estar perdidos y reverberaban a un ritmo mucho más lento que el mío. Al observarlos noté que yo también aminoraba mi ritmo. En esa vibración reducida había una molestia que me hizo apartar la vista.

Miré por encima de mí. Había más Seres, pero esos eran más luminosos y radiantes que yo. Al mirarlos también me sentí incómodo, pues empecé a vibrar con más  celeridad.  Era  como  si  hubiera  bebido  demasiado  café  y  ahora      estuviera acelerado. Aparté la vista de ellos para mirar directamente al Ser de Luz, a quien ahora tenía adelante.

En su presencia me sentía cómodo; esa familiaridad me hizo pensar que él había sentido todos los sentimientos de mi vida, desde que tomé mi primer aliento hasta el instante en que me fulminó el rayo. Mirando a ese Ser tuve la sensación de que nadie podía amarme más; de nadie podría recibir más empatía, simpatía, aliento y compasión sin críticas que de él.

Aunque digo “él” cuando me refiero al Ser de Luz, nunca lo vi como masculino ni femenino. He repasado mentalmente muchas veces ese encuentro inicial y puedo decir, sinceramente, que de cuantos Seres conocí ninguno tenía sexo; sólo un gran poder.

Los Seres de Luz me envolvieron; entonces comencé a experimentar toda mi vida, viendo y sintiendo cuanto me había ocurrido. Era como si hubiera estallado un dique, dejando fluir todos los recuerdos almacenados en mi cerebro.

Esa revisión de mi vida no fue grata. Desde el principio hasta el fin me enfrenté a la asqueante realidad de que yo había sido una persona desagradable, egoísta y malvada.

Ahora, al repasar mi vida en el seno del Ser, revivía cada uno de esos altercados, pero con una gran diferencia: el receptor era yo.

No era el receptor por sentir los golpes que había aplicado. Antes bien, experimentaba la angustia y la humillación de mis adversarios. Muchas de las personas con las que peleaba se lo merecían, pero otras eran víctimas inocentes de mi iracundia. Ahora me veía obligado a sentir su dolor.

También experimenté el pesar que había causado a mis padres. Cuando niño era indominable y me enorgullecía de eso. Aunque ellos me aplicaran penitencias y me gritaran, yo les demostraba con mis actos que su disciplina no tenía ninguna importancia. Muchas veces me suplicaron; muchas veces se enfrentaron a la frustración.

Yo solía jactarme ante mis amigos de los sufrimientos que causaba a mis padres. Ahora, al repasar mi vida, sentí el dolor psicológico de tener un hijo tan malo.

Ahora sabía el dolor que había causado a todos. Con mi cuerpo tendido en esa camilla, revivía cada momento de mi vida, incluyendo mis emociones, actitudes y motivaciones.

Las emociones que experimentaba durante esta revisión eran asombrosas por lo profundas. No sólo podía experimentar lo que habíamos sentido yo y el otro al producirse el incidente, sino también los sentimientos de la siguiente persona a la que afectaban.

Estaba en una reacción emotiva en cadena, que me demostró lo profundamente que nos afectamos unos a otros.

No siempre era bondadoso con los animales.

Me vi azotando a un perro con un cinturón. Al sorprenderlo mascando la alfombra de nuestra sala, perdí los estribos y me quité el cinturón para castigarlo, sin intentar ninguna forma de disciplina más suave. Cuando reviví este incidente experimenté el amor del perro hacia mí y caí en la cuenta de que él no había querido hacer aquello. Sentí su dolor y su pena.

Más tarde, al pensar en esas experiencias,

comprendí que quienes castigan a los animales o son crueles para con ellos deberán saber lo que los animales sintieron cuando repasen su vida.

También descubrí que no importa mucho lo que se haga, sino por qué se lo hace. Por ejemplo: liarme a golpes con alguien sin razón valedera me hacía sufrir más, durante la revisión de mi vida, que si la pelea había sido provocada por el otro. Revivir el dolor que se ha causado por pura diversión es el peor de los dolores. Revivir el dolor que se ha provocado por una causa en la que se cree no es tan doloroso. Esto se puso en evidencia cuando mi revisión me llevó a mis años de trabajo en asuntos militares y de inteligencia.

(…)-¿Es ese? -pregunté al detector, cuyo trabajo consistía en identificar a los blancos por las fotografías que nos proporcionaba Inteligencia.

-Es él -dijo-. El que está delante de las tropas. Dejé escapar la descarga y el  fusil reculó. Un momento después vi que le estallaba la cabeza y su cuerpo se derrumbaba ante el horror de los soldados.

Eso es lo que vi al ocurrir el incidente.

Durante la revisión de mi vida experimenté lo ocurrido desde la perspectiva del coronel norvietnamita. No sentí el dolor que debí de haber sentido. En cambio percibí su confusión al estallarle la cabeza y la tristeza de abandonar su cuerpo, sabiendo que jamás volvería al hogar.

Luego sentí el resto de las reacciones en cadena: la tristeza de su familia al comprender que quedaban sin su sostén.

De ese modo reviví todas mis matanzas. Me veía matar y luego sentía sus horribles resultados.

En el sudeste asiático había visto asesinar a mujeres y niños, destruir aldeas enteras sin motivo alguno o por motivos erróneos. Yo no había participado de esas matanzas, pero ahora debía experimentadas otra vez, no desde el punto de vista del ejecutor, sino del ejecutado.

(….) Rodeamos el hotel con explosivos plásticos y, al salir el sol, lo arrasamos, matando al funcionario junto con unas cincuenta personas hospedadas allí. Por entonces aquello me hizo reír; dije a mi oficial de control que toda esa gente merecía morir, pues era culpable por asociación.

Durante mi experiencia de muerte clínica vi ese accidente, pero en esa ocasión me asoló un torrente de emociones e información. Sentí el desnudo horror que sufrió toda esa gente, al comprender que se le apagaba la vida.

Experimenté el dolor de sus familias al descubrir que habían perdido a sus  seres amados de modo tan trágico. En muchos casos padecí incluso la pérdida que su ausencia representaría para las generaciones futuras.

Cuando retorné a Estados Unidos, terminada mi misión militar, continué trabajando para el gobierno en operaciones clandestinas.

Ahora, en la revisión de mi vida, fui obligado a ver la muerte y la destrucción que se habían producido en el mundo como resultado de mis actos.

“Todos somos un eslabón en la gran cadena de la humanidad”, dijo el Ser.

“Lo que tú haces tiene efecto en los otros eslabones de la cadena.”

Me vinieron a la mente muchos ejemplos de eso, pero sobresale uno en especial. Me vi descargando armas en un país de América Central; debían ser utilizadas para librar una guerra respaldada por nuestro país contra la Unión Soviética.

Mi tarea consistía, simplemente en transferir esas armas de un avión a nuestras instalaciones militares de la zona. Terminado este traslado, subí nuevamente al avión y partí.

Pero en la revisión de mi vida partir no fue tan fácil. Permanecí junto a las armas y vi cómo se las distribuía en una avanzada militar. Luego las acompañé mientras se las utilizaba para matar a personas inocentes y a otras que no lo eran tanto. En total fue horrible presenciar los resultados de mi papel en esa guerra.

Ese traslado de armas a América Central fue el último trabajo en el que participé antes de ser alcanzado por el rayo. Recuerdo haber visto llorar a los niños al enterarse de que los padres habían muerto; yo sabía que todas esas muertes se debían a las armas que yo había entregado.

Por fin pasó. La revisión había terminado.

Miré al Ser de Luz con una profunda sensación de pesar y vergüenza. Esperaba un regaño, alguna especie de coscorrón cósmico aplicado a mi alma. Había repasado mi vida y lo que veía era una persona realmente indigna. ¿Qué otra cosa merecía sino un regaño?

Mientras contemplaba al Ser de Luz sentí que me estaba tocando. De ese contacto me llegó un amor y un gozo que sólo puedo comparar a la compasión sin críticas de un abuelo por su nieto. “Lo que tú eres es la diferencia que Dios marca”,  dijo el Ser. “Y esa diferencia es el amor.” No hubo palabras reales, pero ese pensamiento me fue comunicado por alguna forma de telepatía. Hasta el día de hoy no estoy seguro del significado exacto de esta críptica frase. Sin embargo, eso fue lo que dijo.

Mientras el Ser de Luz se alejaba, sentí que se me quitaba el peso de esa   culpa. Había palpado el dolor y la angustia de la reflexión, pero de eso obtenía un conocimiento que podría utilizar para corregir mi vida. Oí el mensaje del Ser en mi cabeza, como por telepatía: “los humanos son poderosos seres espirituales,  destinados a crear el bien en la tierra. Este bien no suele lograrse por acciones audaces, sino en actos singulares de bondad entre las personas. Son las cosas pequeñas las que cuentan, porque son más espontáneas y demuestran lo que realmente eres.”. Me regocijé. Ahora conocía el sencillo secreto para mejorar la humanidad. La cantidad de amor y buenos sentimientos que se tienen al llegar el final de la vida es equivalente al amor y los buenos sentimientos que se hayan ofrecido durante la vida. Así de simple era.

LA CIUDAD DE CRISTAL

“¿Qué ocurre ahora que he muerto?”, me pregunté.

“¿Adónde voy?” Miré al bello Ser de Luz que reverberaba delante de mí. Era como una bolsa llena de diamantes que emitieran una sedante luz de amor. Cualquier temor que pudiera haber tenido ante la idea de estar muerto se aplacó ante el amor que brotaba de ese Ser. Su capacidad de perdón era notable. Pese a la horrible vida que acabábamos de presenciar, de él llegaba a mí un perdón profundo y significativo. En vez de emitir duras críticas, el Ser de Luz era un consejero amistoso, que me permitía sentir por mí mismo el dolor y el placer que había brindado a otros. En vez de sentir vergüenza y angustia, me encontraba bañado en el amor que me abrazaba a través de la luz y no tenía nada que dar a cambio. Pero había muerto. ¿Qué pasaría ahora? Deposité mi confianza en el Ser de Luz.

Comenzamos a ascender. Oí un zumbido, según mi cuerpo empezaba a vibrar  a mayor velocidad. Pasamos de un plano al siguiente, tal como un avión que ascendiera suavemente por el cielo. Nos vimos rodeados por una niebla brillante, fresca y densa como la del océano.

A nuestro alrededor vi campos de energía que parecían prismas de luz. Parte  de esa energía corría bajo la forma de grandes ríos, mientras que otros se perdían como diminutos arroyos. Vi que también formaba lagos y pequeños estanques. (Desde cerca eran, obviamente, campos de energía, pero a la distancia parecían ríos y lagos, tal como se los ve desde un avión.) A través de la neblina vi montañas del color del terciopelo azul intenso. No había en esa cordillera picos agudos ni laderas escarpadas. Las montañas eran suaves, de cumbres redondeadas y lozanas grietas de un azul más intenso.

En la ladera había luces. A través de la neblina parecían casas que fueran encendiendo las lámparas en el anochecer. Eran muchas; por la forma en que descendíamos y acelerábamos, comprendí que nos dirigíamos hacia ellas. Al principio avanzamos rumbo al costado derecho de esa cordillera, que era enorme. Luego nos ladeamos hacia la izquierda y nos dirigimos de prisa hacia el lado más corto.

“¿Cómo me estoy moviendo?”, me pregunté, mirando el paisaje celestial que teníamos abajo. Flotábamos como siempre imaginé que lo harían los ángeles, despegándonos del suelo para volar. Luego mis pensamientos tomaron un giro filosófico. “¿Me estoy moviendo de verdad o esto es sólo un viaje dentro de mi cuerpo muerto?”  Antes de  aterrizar  insistí  en  preguntar al Ser dónde  estaba  y cómo había llegado allí, pero él no respondía. Cuando yo presioné para obtener respuesta no logré ninguna; aun así no me sentía insatisfecho.

Mientras yo pensaba y pensaba, el Ser se henchía y me proporcionaba  consuelo con su poderío. Aun sin las respuestas que tan desesperadamente deseaba, me sentía tranquilo gracias al poder que palpitaba a mí alrededor. “Dondequiera esté, aquí no hay nada que pueda hacerme daño”, me decía. Y descansaba en presencia del Ser.

Como aves sin alas, entramos raudamente en una ciudad de catedrales. Estas catedrales estaban hechas por entero de una sustancia cristalina que relumbraba con una potente luz interior. Nos detuvimos ante una de ellas. Junto a esa obra maestra de la arquitectura me sentí pequeño e insignificante. “Obviamente, esto ha sido construido por los ángeles para demostrar la grandeza de Dios”, pensé.

Tenía capiteles tan altos y ahusados como las grandes catedrales de Francia, y muros tan gruesos como los del Tabernáculo Mormón de Salt Lake City. Las paredes estaban hechas de grandes ladrillos de vidrio que relumbraban por dentro. Estas estructuras no estaban relacionadas con ninguna religión en particular: eran monumentos a la gloria de Dios.

Me sentí sobrecogido. Ese lugar tenía un poder que parecía palpitar en el aire. Supe que me encontraba en un sitio de aprendizaje. No estaba allí para presenciar mi vida o para ver qué valor había tenido. Estaba allí para recibir instrucción. Miré al Ser de Luz y pensé una pregunta: “¿Esto es el paraíso?” No recibí respuesta. En cambio continuamos adelante, por una espléndida acera, hasta cruzar refulgentes portales de cristal.

Cuando entramos en la estructura, el Ser de Luz ya no estaba conmigo. Lo busqué con la vista sin ver a nadie. En la sala había bancos alineados; esa luz radiante hacía que todo refulgiera y pareciera amor. Me senté en uno de los bancos, buscando a mi guía espiritual. Encontrarme solo en ese lugar extraño y glorioso me hacía sentir algo incómodo. Allí no se veía a nadie pero yo tenía la fuerte sensación de que los bancos estaban colmados de gente como yo: seres espirituales que estaban allí por primera vez, intrigados por lo que veían. Miré otra vez, a derecha e izquierda, pero seguía sin ver a nadie. “Aquí hay seres”, me dije. “Sé que están aquí.” Continué mirando en torno de mí, pero aún no se materializaba nadie.

El lugar me hacía pensar en una magnífica sala de lectura. Los bancos estaban distribuidos de modo tal que las personas sentadas en ellos quedaban frente a un  largo podio, que relumbraba como cuarzo blanco. Detrás de ese podio, la pared era un espectacular tiovivo de colores que iban desde los tonos pastel a los de neón intenso. Su belleza era hipnótica. Observé los colores que se mezclaban y fundían,   ondulando y palpitando como lo hace el océano cuando uno está en alta mar y mira hacia lo profundo.

Estaba seguro de que me rodeaban espíritus nuevos, pero ya sabía por qué no podía verlos. “Si pudiéramos vemos mutuamente no prestaríamos toda nuestra atención al podio. Allí arriba está por suceder algo”, pensé.

LAS CAJAS DEL CONOCIMIENTO

Un instante después el espacio detrás del podio se llenó de Seres de Luz. Estaban frente a los bancos donde yo me había sentado e irradiaban un fulgor a un tiempo amable y sabio. Me recliné en el banco, esperando. Lo que ocurrió a continuación fue la parte más asombrosa de mi viaje espiritual.

Pude contar a los Seres que estaban de pie tras el podio. Había trece, hombro contra hombro, a lo ancho de todo el estrado. Supe algunas otras cosas sobre ellos, probablemente por algún tipo de telepatía. Cada uno de ellos representaba una de las diferentes características emocionales y psicológicas que tenemos todos los seres humanos. Por ejemplo: uno de esos Seres era apasionado; otro, artístico y emotivo. Uno era audaz y enérgico; otro posesivo y leal. En términos humanos, era como si cada uno representara un signo zodiacal diferente. En términos espirituales,  esos Seres iban mucho más allá de los signos del Zodíaco. Emanaban esas emociones de una manera tal que yo podía sentidas.

Más que nunca tuve la certeza de que me hallaba en un sitio para el aprendizaje. Me sumergirían en conocimiento, me enseñarían como nunca se me había enseñado. No habría libros ni memorización. En presencia de esos Seres de Luz, yo me convertiría en conocimiento; sabría todo lo que fuera importante saber. Podía formular cualquier pregunta y saber la respuesta. Era como ser una gota de agua bañada en el conocimiento del océano, un rayo de luz que supiera lo que sabe toda la luz.

Me bastaba con pensar una pregunta para explorar la esencia de la respuesta. En una fracción de segundo comprendí cómo funciona la luz, de qué modo se incorpora el espíritu a la vida física, por qué la gente puede pensar y actuar de tantas maneras diferentes. “Pregunta y percibirás”: así puedo resumirlo.

Estos Seres de Luz eran diferentes del que me había salido al encuentro a mi muerte. Tenían el mismo resplandor azul plateado del primero, pero con una luz azul intenso que refulgía desde adentro. Este color llevaba consigo una gran sensación de poderío y parecía brotar de la misma fuente que origina rasgos tales como el  heroísmo. Jamás he vuelto a ver ese color, pero parecía significar que esos Seres estaban entre los más grandes de su clase. Me sentí tan sobrecogido y orgulloso de estar en su presencia como si me encontrara con Juana de Arco o George  Washington.

Los seres se me acercaron, de a uno por vez. Cuando cada uno de ellos se aproximaba, de su pecho surgía una caja del tamaño de un videotape que se ampliaba ante mi cara. La primera vez que esto ocurrió di un respingo, pensando que iba a golpearme. Pero un momento antes del impacto la caja se abrió, revelando lo que parecía ser una pequeña imagen televisada de un suceso mundial que aún estaba por ocurrir. Mientras la observaba me sentí arrastrado hacia el interior de la imagen, donde pude vivir el acontecimiento.

Esto ocurrió doce veces; por doce veces estuve en medio de muchos sucesos que sacudirían al mundo en el futuro.

Por entonces ignoraba que eran hechos futuros. Sólo tenía conciencia de estar viendo cosas de gran importancia, que se me presentaban con la claridad del informativo nocturno, con una gran diferencia: se me arrastraba al interior de la pantalla.

Mucho después, al regresar a la vida, anoté ciento diecisiete acontecimientos que presencié en las cajas. Por tres años no ocurrió nada. Por fin, en 1978, los  sucesos que había visto en las cajas comenzaron a hacerse realidad. En los dieciocho años transcurridos desde que morí y fui a ese sitio, se han producido noventa y cinco de esos hechos. Ese día, 17 de septiembre de 1975, el futuro se me presentó de a  caja por vez.

Al terminar estas visiones tuve la asombrosa seguridad de que esos Seres estaban tratando desesperadamente de ayudamos, no porque fuéramos tan buenas personas, sino porque, sin nuestro progreso espiritual aquí, en la tierra, ellos no podían tener éxito en su mundo.

“Los humanos sois los verdaderos héroes”, me dijo un Ser. “Quienes vais a la tierra sois héroes y heroínas, pues estáis haciendo algo que ningún otro ser espiritual ha tenido la valentía de hacer: habéis ido a la tierra para crear junto con Dios.”

Después de las últimas visiones, el decimotercer Ser de Luz respondió a mis preguntas. Era más poderoso que los otros, o al menos eso me pareció. Sus colores eran más intensos y los otros Seres parecían tratarlo con deferencia. Su personalidad se revelaba en su luz y abarcaba las emociones de sus compañeros.

Sin palabras, me dijo que cuanto yo acababa de ver estaba en el futuro, pero no necesariamente grabado en piedra. “El flujo de los sucesos humanos se puede cambiar, pero para eso la gente debe saber lo que es”, dijo el Ser. Me comunicó nuevamente su convicción de que los humanos éramos Grandes Seres, poderosos y muy espirituales. “Aquí vemos como gran aventurero a todo el que va a la tierra”, dijo. “Tuvisteis el coraje de ir a expandir Vuestra vida y participar en la gran aventura que Dios creó, lo que llamamos el mundo.”

Luego me explicó mi finalidad en la tierra. “Estás allá para crear el capitalismo espiritualista”, dijo. “Debes abordar este sistema venidero cambiando los procesos mentales de la gente. Enseña a tu prójimo a confiar en su ser espiritual y no en los gobiernos y las iglesias. La religión es buena, pero no se puede permitir que controle por entero a la gente. Los humanos son poderosos seres espirituales.

Sólo necesitan comprender que amar es tratar a otros como ellos desearían ser tratados.” Luego el Ser me hizo saber lo que yo debía hacer cuando volviera a la tierra. Debía crear centros a los que la gente pudiera acudir para reducir la tensión en la existencia. Mediante esa reducción de estrés, dijo el Ser, los humanos llegarían a comprender, “como nosotros”, que eran seres espirituales más elevados. Tendrían menos miedo y más amor por el prójimo.

(…) Luego me dijo que era hora de volver a la Tierra. Yo me resistía al regreso. Ese lugar me gustaba. Llevaba muy poco tiempo allí, pero ya había visto que la libertad de vagar en tantas direcciones era como tener acceso a todo el universo. Después de estar allí, en la tierra me sentiría tan confinado como si viviera en la cabeza de un alfiler. De cualquier modo, no se me permitió elegir.

-Esto es lo que te pedimos. Debes regresar para cumplir con esta misión –dijo  el Ser de Luz.

Entonces regresé.

EL REGRESO

-¡Aún está vivo! -gritó.

Los médicos y las enfermeras se apresuraron a actuar. Trabajaron conmigo por treinta minutos más. Un médico daba órdenes a gritos y las enfermeras obedecían.

Durante los siete primeros días estuve paralizado. Amigos familiares se sentaban a mi lado, pero yo no podía abrazarlos, cuando me hablaban, sólo podía responder con unas pocas palabras.

El mundo que tenía sentido era el que habitaba durante el sueño. Si en estado de vigilia mi mundo podía ser considerado “incoherente”, como dijo un médico, cuando dormía era un modelo de coherencia.

En sueños volvía a la Ciudad de Cristal, donde se me preparaba para hacer las muchas cosas que la visión me requeriría.

Estos sueños se prolongaron por varias horas al día, durante veinte días, cuando menos. Eran estupendos. En la vigilia el mundo se llenaba de dolor e irritación. En el sueño, de libertad, conocimiento y entusiasmo. Despierto, la gente que me rodeaba sólo esperaba mi muerte. Dormido, se me enseñaba a llevar una vida fructífera.

Hacia fines de septiembre de 1975 me dieron de alta. Había sobrevivido, contra todas las probabilidades.

EN CASA

Podía estar de pie quince minutos, a lo sumo. A veces lograba caminar unos diez pasos, pero quedaba tan exhausto que debía dormir cuando menos veinte horas. Mientras dormía entraba realmente en acción. Volvía a la Ciudad de Cristal, donde asistía a clases dictadas por los Seres de Luz.

Estas visiones no eran las mismas que tuve en la experiencia de muerte clínica. Ahora tenía conciencia de mi cuerpo físico y también notaba que los Seres me enseñaban de una manera distinta. Cuando estuve allí en forma espiritual, me bañaba en conocimiento y bastaba con pensar en algo para comprenderlo. Esas sesiones didácticas eran diferentes porque debía esforzarme para aprender mis lecciones.

En cierta ocasión, por ejemplo, se me llevó a recorrer el quirófano del futuro. No había allí bisturís ni instrumentos agudos. Toda la curación se hacía mediante luces especiales. Los pacientes recibían medicamentos y eran expuestos a esas luces, según dijo el Ser que me acompañaba; eso cambiaba la vibración de las células dentro del cuerpo. “Cada parte del cuerpo tiene su propio ritmo vibratorio”, dijo el Ser. “Cuando ese ritmo cambia se producen ciertas enfermedades. Estas luces devuelven al órgano enfermo su ritmo vibratorio correcto, curando cualquier enfermedad que lo afecte.” Estas visiones médicas me fueron brindadas como visiones de  un  futuro lejano parar demostrar los efectos del estrés en el organismo humano.

Hacia fines de 1975 estaba quebrado. Las facturas del hospital y la pérdida de ingresos excedían los cien mil dólares; la deuda ascendía con cada día transcurrido. Para pagar mis cuentas tuve que vender todo cuanto poseía. Primero me desprendí de todos los coches: cinco automóviles antiguos en excelente estado, que vendí al mayor postor. Como no podía trabajar, también tuve que vender mi parte en la empresa.

(…) Apenas podía caminar y tenía dificultades con la  vista. Durante el día usaba antiparras de soldador y pesaba setenta kilos, unos treinta  y dos por debajo de mi peso normal. Tenía el cuerpo tan encorvado que parecía un signo de interrogación. Divagaba como un fanático religioso, hablando de seres espirituales, ciudades de luz, cajas con visiones del futuro y, por supuesto, de los centros. (…) “Esos centros pueden cambiar el futuro”, decía. “Pueden reducir el estrés y el miedo, que causan tantos de los problemas del mundo.” (…) Y sabía que los centros eran la solución para ayudar a la humanidad.

Parecía loco; probablemente habrían debido internarme en un manicomio. Y bien habría podido acabar así, si no hubiera visto en el diario un artículo que me cambió la vida otra vez.

UNA GRACIA SALVADORA

El artículo tenía apenas cuatro párrafos, pero la lectura de esas palabras me cambió la vida tanto como el rayo. Decían, simplemente: El doctor Raymond Moody dará una conferencia en la Universidad de Carolina del Sur, sobre el tema “Qué ocurre con algunas personas que han sobrevivido tras ser declaradas clínicamente muertas”. (…) Moody llama a este fenómeno “experiencia de muerte clínica”; asegura que puede sucederle a miles de personas que han tenido roces con la muerte.

Busqué la fecha de la conferencia; faltaban apenas dos días. Decidí que debía escuchar al doctor Moody, aunque sólo fuera para hablar con alguien que comprendía realmente lo que me estaba pasando.

Aunque no ha pasado tanto tiempo desde 1975, esa época era como la Edad Media para quienes habían pasado por experiencias de muerte clínica. Los médicos sabían poco y nada del tema y, si los pacientes las mencionaban, solían desechadas como pesadillas o alucinaciones. Si un paciente insistía en hablar de su experiencia, generalmente se lo derivaba a un. psiquiatra. En vez de escuchar y tratar de comprender, muchos psiquiatras medicaban a los pacientes que  habían experimentado esos sucesos espirituales. Lo sorprendente es que hasta los clérigos ofrecían poca ayuda, pues en general consideraban que esos viajes espirituales eran obra del demonio.

Aunque hace miles de años que se habla de las experiencias de muerte clínica, no ingresaron plenamente en el terreno médico sino en la década de 1960, cuando los progresos de la tecnología médica permitieron que muchos pacientes casi muertos fueran devueltos a la vida. De pronto era posible salvar a víctimas de ataques cardíacos o de graves accidentes de tránsito, gracias a una combinación de alta tecnología, drogas y habilidad.

Ciertas personas comenzaban a sobrevivir después de haber fallecido. Y cuando recobraban la plena conciencia narraban cosas muy similares a las registradas en la historia, parecidas también a las que contaban otras víctimas de muerte clínica  en otras salas del mismo hospital. El problema era que los médicos, en su mayoría, no prestaban atención a esas experiencias; cuando no derivaban a los pacientes a un clérigo, les decían que esas cosas no podían haber sucedido. Estos magos de la medicina técnica estaban preparados para manejar prácticamente cualquier problema físico que surgiera pero los problemas espirituales estaban fuera de su alcance

El doctor Moody decidió escuchar esos relatos y analizarlos como nadie lo  había hecho.

Mientras estudiaba medicina, Moody continuó recogiendo esas historias reales de personas que lo sabían interesado en las experiencias de “la vida posterior”. Con el correr del tiempo llegó a reunir más de ciento cincuenta relatos.

Publicó la mayoría en “La vida después de la vida”, libro que presentó una nueva especialidad médica conocida como “estudios de muerte clínica”. Este libro sigue siendo una gran contribución al conocimiento humano; en el mundo entero se han vendido millones de ejemplares. Los médicos informados ya no podían decir a un paciente que el mundo espiritual visto por él antes de resucitar era sólo un sueño. La investigación de Moody demostró que era una experiencia común, compartida por muchas personas (si no la mayoría) entre quienes sobrevivían a un contacto con la muerte.

La sensación de estar muerto, en la cual el sujeto reconoce su fallecimiento.

Sensaciones de paz y ausencia de dolor, por las cuales el paciente, aunque debería estar sufriendo dolores considerables, descubre que ya no siente el cuerpo.

Experiencia de abandono del cuerpo; el espíritu o la esencia del sujeto flotan por sobre el cuerpo; puede describir hechos que no habría podido ver. Mi observación de Sandy, que me bombeaba el pecho, y mi regreso al cuerpo muerto en el hospital son dos ejemplos de mi propia EMC.

Una experiencia de túnel; la persona “muerta” tiene la sensación de viajar a gran velocidad por un túnel. Es lo que me ocurrió en la ambulancia cuando, al ver que había muerto, me aventuré por un túnel hasta el mundo espiritual.

Ver personas de luz. Con frecuencia se ve, al final del túnel, a familiares muertos que parecen compuestos de luz. En mi caso vi a muchas otras personas  como yo, compuestas de luz, aunque ninguna de ellas era un familiar fallecido.

Ser recibidos por un ser de luz especial. En mi caso, el guía espiritual que encontré al final del túnel se ajusta a esta descripción. El me condujo al mundo espiritual y fuera de él, haciéndome repasar mi vida. Otras personas dicen haber ido a un lugar, como un jardín o un bosque, donde se encontraron con el Ser de Luz.

La revisión de la vida, en la cual el individuo puede ver toda su vida y evaluar sus aspectos agradables y desagradables. Para mí esto se produjo mediante el contacto con mi guía espiritual.

Renuencia a regresar. Yo tampoco deseaba regresar, pero fui obligado por los Seres de Luz, que me dieron la misión de construir los centros.

Sufrir una transformación de personalidad. Esta es positiva para la mayoría; en general se comienza a dar valor a cosas tales como la naturaleza y la familia. Yo experimenté este tipo de transformación, pero también pasé por lo que suele considerarse una transformación negativa. Me obsesioné con mi experiencia y mi nueva misión en la tierra, que era construir “los centros”. Esta obsesión condujo a la frustración, pues no sabía cómo construidos.

Moody estaba trabajando en La vida después de la vida, pero nunca había encontrado a una persona que hubiera experimentado todas las características de una experiencia de muerte clínica. Puedo haber sido el primero.

Entré en la universidad donde Moody iba a dar su conferencia.

La conferencia del doctor Moody me llenó de energías. Había llegado resquebrajándome bajo la tensión, dispuesto a renunciar. Lo había perdido todo. No sabía qué hacer ni hacia dónde ir. Y de pronto allí estaba mi salvador, alguien que comprendía lo que me estaba pasando. De pronto sentí nuevas fuerzas.

UNA NUEVA RAZÓN PARA VIVIR

Me entrevistó de un modo muy directo, haciendo preguntas abiertas y manteniéndose impávido. No demostraba emoción alguna al oírme hablar de mi experiencia y lo que había sucedido a partir de ella. Se limitó a seguir preguntando hasta que no le quedó nada por oír.

Le hablé de la belleza y la gloria del mundo espiritual…

donde toda la luz era conocimiento.

Sobre los espíritus celestiales y su convicción de que somos “seres espirituales poderosos”, que demostramos gran valor al venir a la tierra.

Recuerdo exactamente algunas de las palabras que pronuncié: “Yo lo sabía  todo en el mundo y en el universo”. Conocía el destino de todo, hasta de las cosas  más simples, como una gota de lluvia. ¿Sabía usted que no hay una gota de lluvia cuyo destino no sea volver al mar? Eso es lo que estamos tratando de hacer, Raymond. Somos sólo gotas de lluvia que tratan de retornar a la fuente, el sitio del cual vinimos.

Los que venimos aquí somos valientes, pues estamos dispuestos a experimentar en un mundo muy limitado, por comparación con el universo entero. Los espíritus dicen que todo el que está aquí debería considerarse a sí mismo muy digno de estima.” Le hablé de las cajas de conocimiento, pero no le dije qué información contenían. A esta altura avanzaba con tanta celeridad por la narrativa que salteaba los detalles.

Luego le conté lo de los centros; hablé sobre todo de la cama. Por entonces la cama me obsesionaba constantemente; me preguntaba dónde conseguir las partes para armarla y hasta cuáles eran esas partes, puesto que podía verlas, pero no las identificaba.

Conté todo a Raymond y lo hice con tanta furia que debió de parecer una parrafada atemorizante, como las divagaciones de un demente. Ahora sé que mi relato sonaba de ese modo a todos los demás; ellos decían directamente que yo parecía chiflado o se limitaban a evitarme como si lo estuviera. No ocurrió así en el caso de Raymond. Dejó de mecerse y se inclinó hacia adelante, mirándome profundamente a los ojos.

-Usted no está loco -aseguró–. Nunca escuché un relato tan detallado como el suyo, pero me han contado cosas con los mismos elementos. Usted no está loco.

CON LOS MÍOS

Cierto día Louise, su primera esposa, me llamó para preguntarme si podía darle una mano. Raymond necesitaba ayuda para programar sus conferencias y sus entrevistas, tarea organizativa para la que no tenía tiempo ni paciencia.

Atendía el teléfono, seleccionaba las solicitudes de entrevistas periodísticas y organicé un programa de conferencias, con el que Raymond viajaría hasta los rincones más apartados del mundo. Lo acompañé a muchas de esas presentaciones. Quería estar allí para manejar el negocio, pero también por la oportunidad de rodearme de muchas personas como yo, que habían tenido experiencias de muerte clínica y por primera vez se encontraban con otros  como ellos.

Aunque conocí a cientos de personas que habían tenido experiencias de muerte clínica, muy pocos vieron todas las cosas que yo vi. La mayoría llega a lo que considero el primer plano, donde sube por el túnel, ve a los Seres de Luz y pasa por una revisión de su vida. Muy pocos llegan a la ciudad de luz y al salón del conocimiento.

En Chicago conocí a una mujer que, cuando niña, había sido alcanzada por un rayo; vestía bien y se la notaba muy cuerda y serena. Describió su llegada a la ciudad de luz y la presencia de seres espirituales que parecían los mismos con quienes yo había dialogado.

Según dijo, los seres le enseñaron un sistema de colores. Desde entonces, todo cuanto hacía se basaba en sus intuiciones sobre el color. Para comprar un auto, para vestirse por la mañana y hasta para decorar su oficina, se basaba en algún esquema de colores que le había sido dado por los seres de Luz. No comprendí exactamente cómo funcionaba este sistema, pero ella me dijo que el resultado era unirla con otros que, como ella, habían estado en las catedrales de luz.

-Se supone que debemos unimos para algo grandioso -dijo-. No sé qué es, pero lo sabré cuando nos reunamos.

Estos encuentros confirmaban la realidad de lo que me había ocurrido. Quizás una sola persona, yo mismo, habría podido soñar aventura tan magnífica. Pero ¿era posible que muchas personas, en diferentes partes del país, tuvieran el mismo “sueño” complejo en el momento de la extinción personal? Para mí, la respuesta era claramente “no”. En verdad habíamos muerto y visitado un mundo espiritual. La única diferencia entre eso y la visita a un país lejano era que nosotros lo hacíamos sin llevar el cuerpo mortal.

PODERES ESPECIALES

Simplemente “oía” lo que iban a decir antes de que lo hicieran. Eso me sorprendía tanto como a mi desconcertado interlocutor, quienquiera fuese.

Oía las palabras en mi cabeza con tanta claridad como si mi interlocutor las hubiera formulado.

Cuando me di cuenta de lo que ocurría, traté de sintonizar el pensamiento de la otra persona. Descubrí que, si esta vacilaba al hablar, esto solía ser indicación de que estaba cambiando el curso de sus pensamientos. En ese instante podía captar sus ondas mentales y oír lo que pensaba.

Durante ese período se me presentó otra facultad extraordinaria.

No sé cómo describirlo, salvo diciendo que comencé a ver “películas”. Miraba a una persona y de pronto veía fragmentos de su vida, como si estuviera mirando una película casera. Otras veces, al tomar un objeto ajeno, veía escenas de la vida del propietario. En ocasiones tocaba algo viejo y tenía visiones de la historia de ese objeto.

Desde el comienzo mismo noté que, en esos destellos psíquicos, dominaban las crisis y las situaciones tensas. Si alguien había reñido con sus hijos o su cónyuge, eso era lo que yo veía en mis “películas caseras”. Accidentes de tránsito, novias enojadas, malas situaciones familiares, conflictos en la oficina, enfermedades y otras formas de tensión: todo eso constituía siempre el punto focal de mis visiones. Así  continúa siendo.

Al descubrir estas facultades paranormales, comencé por utilizadas de una manera que ahora me parece deshonesta. Era difícil ganarme con los naipes, pues yo siempre sabía lo que los otros jugadores tenían en la mano.

Podía predecir qué canción iba a transmitir la radio, acertando ocho veces de cada diez. Y en cierta ocasión predije correctamente el equipo ganador de ciento cincuenta y seis partidas de fútbol corridas, acertando también con el puntaje en un ochenta por ciento de los casos.

Pronto me sentí culpable por utilizar así esos poderes. Tenían algo de don divino que los hacía sagrados.

Abruptamente dejé de apostar y comencé a buscar una manera positiva de aprovechar mis facultades psíquicas.

Si existe algún consuelo para las facultades psíquicas es que también las poseen otros que han pasado por la experiencia de muerte clínica. No me refiero sólo  a la experiencia en sí, que es un intenso acontecimiento psíquico, sino a lo que ocurre después de eso. Nunca he conocido a una persona que, después de esa experiencia, no tenga momentos de precognición o poderes intuitivos muy desarrollados.

RECONSTRUCCIÓN

Por medio de las visiones comencé a entender ciertas cosas del cuerpo humano. Una fue que transmitimos al mundo que nos rodea esencias espirituales, mentales y físicas de nuestro ser. Si aprendemos a estar en contacto con el yo eléctrico y biológico, podemos convertimos en seres más elevados que transmiten el lado espiritual de la vida.

Todas mis visiones de los centros se basaban en el conocimiento del cuerpo: cómo produce energía y cómo se puede hallar esa energía de modo tal que tenga un contexto espiritual. Cuando llegas al punto en que puedes dominar esa energía y transformarla en una fuerza positiva, has hallado esa parte de ti que es Dios. El objetivo de los centros era redirigir la energía humana, pero por entonces yo no lo sabía.

Me ofrecí como voluntario para trabajos de hospicio, cuyo objetivo es brindar comodidad a los moribundos, generalmente en su propia casa. Lo hice porque así me lo ordenaban las visiones. Visitaba a los pacientes y les contaba mi historia. Muchos  de ellos no habían oído hablar de las experiencias de muerte clínica. Sin embargo, como estaban tan cerca de la muerte, ponían mucho interés en el relato de ese viajero espiritual, que conocía el sitio al que ellos irían.

Utilizar mis facultades psíquicas nunca ha sido tan grato como con los moribundos. Quien está por morir no puede permitirse el lujo de malgastar el tiempo, lo cual permite ser más o menos directo junto al lecho de muerte. Si hay algo que aclarar, el moribundo prefiere que se lo aclare sin rodeos. Quieren sacar los problemas a la superficie y buscarles solución.

Mi estado mental había mejorado mucho. Inmediatamente después del accidente, pasaba todo el día parloteando, ya de mi experiencia de muerte clínica,   ya de la misión que me habían dado los seres espirituales y de los centros que debía construir.

PARO CARDÍACO

Todo esto se combinaba para hacerme trabajar más de lo que habría debido. Empecé a flaquear. Al principio me sentía siempre exhausto. Despertaba cansado y  así seguía hasta la hora de acostarme. Pensando que se trataba de una gripe rebelde, intenté curarme durmiendo.

(…)  -Lo solucionarán en la sala de emergencias -dije a mi socia.

Cuando volvió el informe del especialista, salió de mi cubículo para leerlo. Al volver parecía aun más nervioso.

-¿Quiere usted que le diga la verdad? -preguntó.

-Nada más que la verdad.

-Bueno, se trata de una infección que le está provocando neumonía, sí — confirmó-. Pero temo que esté al borde del paro cardíaco. Si no lo llevamos inmediatamente a terapia intensiva puede morir en cuarenta y cinco minutos.

Les respondí que estaba dispuesto a morir y que no quería operaciones, pero ellos, sin prestarme atención, hicieron preparar los formularios, suponiendo que cambiaría de idea.

-No los voy a firmar -anuncié-. Esta vez dejaré que Dios decida.

-Franklyn acaba de llamar a Raymond -dijo mi padre-. Viene hacia aquí.

(…) -¿Por qué no tienes miedo? -quiso saber. La respuesta surgió fácilmente:

-Porque vivir en la tierra es como ir a un campamento de veraneo por  obligación. Odias a todos y echas de menos a tu mamá. Vuelvo a casa, Raymond.

Por fin Raymond volvió a acercarse.

-No tienes por qué morir -dijo-. Hazlo por mí: quédate. Necesito de tu ayuda.

Raymond tenía en la cara una maravillosa sonrisa de comprensión y un tono de súplica en la voz. Me hizo sentir querido y necesario, deseo humano básico al que me he descubierto susceptible.

-Está bien -dije-. Dame los formularios.

Por entonces yo estaba tan débil que los médicos de East Cooper decidieron trasladarme al hospital Roper, donde se realizan operaciones de alto riesgo. Allí me retuvieron durante toda la noche, con la esperanza de que mi estado mejorara. Como no fue así, decidieron llevar a cabo la intervención.

No recuerdo mucho de lo que pasó tras mi llegada a Roper. Sé que una enfermera entró para afeitarme; después miré hacia abajo y vi botas verdes de cirugía caminando a mi lado: me llevaban en camilla al quirófano.

Luego apareció un hombre de barbijo verde que me aplicó dos inyecciones en el trasero.

-Esto es para relajarlo -dijo.  Después se hizo la oscuridad.

LA SEGUNDA VEZ QUE MORÍ

En la oscuridad se abrió un túnel. Las paredes de ese túnel presentaban surcos, como un campo recién arado. Estos surcos corrían a lo largo, hacia la luz intensa del final. Eran de color gris plateado con motas doradas.

Después de ver cómo abrían mi pecho y de escuchar las apuestas sobre el resultado, estaba seguro de que no iba a sobrevivir. Pero no sentía miedo, sino alivio.

Desde el accidente del rayo, mi cuerpo no había sido sino una carga. Ahora había desaparecido. Una vez más era libre de vagar por el universo.

Al final del túnel me esperaba el Ser de Luz, el mismo que me recibió la primera vez. Con frecuencia la gente pregunta si estos Seres tienen cara. Ninguna de las dos veces vi ninguna cara: sólo un espíritu refulgente, que se hacía cargo de mí con firmeza y sabía dónde llevarme.

Me atrajo hacia sí y, al hacerlo, se extendió casi como un ángel que extendiera sus alas. Me vi envuelto en esas alas de luz. Y en ese momento comencé a ver nuevamente toda mi vida.

Los veinticinco años primeros pasaron como en mi primera experiencia de muerte clínica, muchas de las cosas que vi eran las mismas: mis años de niño malo,  mi transformación en un militar malvado. Contemplar nuevamente esos primeros años era doloroso, no voy a negarlo, pero el tormento se atemperó al ver los años transcurridos desde la experiencia anterior. Me sentí orgulloso de esos años. Si los veinticinco anteriores habían sido malos, esos catorce presentaban a un hombre distinto.

La revisión de vida que tuve en esa segunda experiencia de muerte clínica fue maravillosa. A diferencia de la primera, colmada de agresividad, furia y hasta de muerte, esa fue un despliegue pirotécnico de buenas acciones.

Cuando me preguntan cómo es repasar una buena vida abrazado por los Seres de Luz, les digo que es como un gran espectáculo de fuegos artificiales, donde la vida estalla ante uno en escenas perfumadas con las emociones y los sentimientos de cuantos participan en ellas.

Al terminar esa revisión, el Ser de Luz me dio la oportunidad de perdonar a todos los que me hubieran irritado alguna vez. Para eso debía desprenderme del odio acumulado contra tanta gente. A muchos no quería perdonarlos, pues consideraba que me habían hecho cosas imperdonables, perjudicándome en los negocios y en mi vida personal; no sentía por ellos otra cosa que enojo y desdén.

Pero el Ser de Luz me dijo que debía perdonarlos. De lo contrario, me hizo saber, me encontraría atascado en el plano espiritual que ahora ocupaba.

¿Que remedio me quedaba? Por comparación con el progreso espiritual, esas infracciones terrestres parecían triviales. Mi corazón se inundó de perdón y de una intensa humildad. Sólo entonces comenzamos a ascender.

El Ser de Luz estaba vibrando. A medida que ascendíamos, esa vibración aumentaba; el sonido que emanaba de él se tornó más potente y más agudo. Atravesamos densos campos de energía, cuyo color fue pasando del azul oscuro a un azul blanquecino; en ese punto nos detuvimos.

Entonces el sonido del Ser disminuyó y nos movimos hacia adelante. Una vez más, como en la primera experiencia, volamos hacia una cordillera de majestuosas montañas, donde descendimos en una meseta.

En esa meseta había un gran edificio que parecía un invernadero. Estaba construido con grandes cristales, llenos de un líquido con todos los colores del arco iris.

Al atravesar el vidrio cruzamos también entre todos los colores contenidos en el líquido. Esos colores tenían sustancia, como la niebla que se desprende del océano, y nos ofrecieron una leve resistencia al entrar en la habitación.

Adentro había cuatro surcos de flores, bellezas de largos tallos y pétalos ahuecados, con la consistencia de la seda. Presentaban todos los colores imaginables y en cada una de ellas había gotas de rocío ambarino.

Entre esas flores había seres espirituales vestidos con túnicas plateadas. No eran Seres de Luz. Sería más adecuado describirlos como terrícolas radiantes. Caminaban por entre los surcos de flores, emitiendo algún tipo de poder que les intensificaba el color a su paso. Esos colores se desprendían de los pétalos y atravesaban los cristales, devolviendo un arco iris de colores. El efecto era el de una habitación rodeada por diez mil prismas.

Ese ambiente me resultó sumamente relajante. Los colores y el lugar se combinaban con la zumbante vibración del ser para borrar toda tensión. Recuerdo haber pensado: Heme aquí, muerto o moribundo y sintiéndome a gusto.

El Ser de Luz se me acercó.

-Esta es la sensación que debes crear en los centros -dijo-. Al crear en los centros tonos y energías puedes hacer que la gente sienta lo que estás sintiendo ahora.

Cobré conciencia de la fragancia que despedían las flores. Al aspirar ese aroma oí un cántico que resonaba en todo el edificio. A-L-A-H-O-M, decía, A-L-A-H-O-M.

Ese cántico me hizo prestar atención a cuanto me rodeaba. Comencé a aspirar profundamente la fragancia y a observarlo todo, con tanta intensidad que era casi como bañarme en ello. A-L-A-H-O-M, A-L-A-H-O-M, y yo estaba cada vez más absorto en cuanto me rodeaba. Comencé a vibrar con la misma velocidad que lo de mí alrededor. Fui uno con cuanto me rodeaba y pude experimentarlo todo. Al mismo tiempo, todo me experimentaba a mí.

Así como yo me sumergía en ese mundo celestial, este se sumergía en mí. Existía una igualdad en la experiencia. Se me daba una experiencia celestial, pero yo también la daba. Me fundía con ese sitio que llamo reino celestial, pero este se fundía también conmigo, con la misma proporción de respeto, valor, esperanzas y sueños. Todas las cosas y yo estábamos allí en un pie de igualdad. Comprendí que el verdadero amor y la comprensión nos hacen a todos iguales. Así es el cielo.

Miré al Ser de Luz, quien sabía, sin duda, lo que yo estaba pensando.

-No, esta vez no te quedarás -me dijo telepáticamente-. Debes regresar otra vez.

Esa vez no pasé por ninguna zona de transición; el cambio fue muy abrupto.

CONTINUARÁ

La operación no me devolvió la salud. Pocas semanas después me dieron de alta, pero en muchos sentidos era como salir de la sartén para caer en el fuego. Aún me desmayo cuando hago el menor esfuerzo.

Durante todas esas duras pruebas, las visiones me han sostenido. Aunque ya no “asisto” a clases celestiales para que los Seres de Luz me enseñen a construir los centros, he aprendido bien mis lecciones y planeo construir el primero dentro de muy poco tiempo.

(…) Cierta vez, después de hablar en una iglesia sobre mi vida, una mujer se me acercó con expresión desconcertada.

Según dijo, había oído a muchas personas hablar de Dios, pero nunca como yo lo hacía.

-Apostaría a que usted bebe -arriesgó.

-Sí, señora, así es.

– y obviamente gusta de las mujeres, ¿no?

-Sí, señora, así es.

-Pues vaya decide algo, señor Brinkley. -Me miró con mala intención.- Cuando Dios estaba a la búsqueda de profetas, debe de haber estado rascando el fondo del tonel para encontrarlo a usted.

No podría estar más de acuerdo. “¿Por qué yo?”, me pregunto con frecuencia. No sé por qué fui elegido para hacer lo que hago. Sólo sé que mi obra debe continuar.

“Salvado por la luz”- Dannion Brinkley

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Reportaje a Dannion Brinkley sobre su experiencia cercana a la muerte

Vida después de la muerte

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